Por
Roberto Palacio/Braintree
(Un mapa conceptual y personal para ubicarse en las ideas
de pensar, hablar y escribir con claridad)
Mi formación original es en la filosofía, un campo que
tiene la fama de ser uno de escrituras y discursos difíciles, impenetrables. Es
cierto, los textos filosóficos a menudo han despreciado la claridad por
diversos motivos que van desde la idea de que ella no deja de tener algo de banal, hasta la idea de que los conceptos difíciles han de ser explicados en un lenguaje que no puede ser
sencillo.
Ambas ideas son innecesarias, por no llamarlas equívocas.
La imagen de R.W. Emerson, el ensayista americano, que comparaba la profundidad
de la escritura con la de un lago en el que sólo se puede ver el fondo cuando
las aguas son prístinas, debe dejar cerrado el caso para ambos argumentos. Por mucho tiempo habíamos pensado lo contrario; que lo profundo es enredado. Que debe serlo. Tanto en la filosofía como en cualquier otro campo, sin embargo, la falta de claridad es
innecesaria y su justificación, como veremos más adelante es, por decir lo
menos, difícil.
Pero la claridad y la oscuridad oscilan en el
pensamiento humano como modas. Vienen y van. Pasamos de tiempos en los que la transparencia en la escritura y el habla es dominante a otros en los que predomina la confusión. Como en tantos otros ámbitos de la acción humana, ambos caminos a
menudo se sobrelapan y mezclan, produciendo tiempos en los que coexisten tanto
la claridad como la oscuridad. Vivimos en una época tal, una en la que algunos
quieren hablar con una claridad inapelable bien sea para vencer en contienda
argumentativa o simplemente para lograr transmitir una idea que debe coexistir
entre muchas semejantes, mientras que otros quieren decir algo dejando un
amplio espectro de vaguedad, sea por el motivo que sea. No ponemos una carga emotiva o moral en ninguno de los dos polos en la contienda. La claridad no es obligatoria en todas las esferas de expresión humana; es una elección. Uno de los primeros
esfuerzos en un mundo como el descrito es por separar los
discursos claros de los que no lo son. O si se prefiere, el primer esfuerzo en
la producción de textos claros es el de distinguir el discurso oscuro del que
se asemeja al lago de Emerson. En medio de los dos tipos de textos existe toda una gama de producciones que caen en algún lugar entre la
legibilidad y la incomprensión.
“…la idea de no escribir de manera
elemental o diáfana no es un defecto en sí mismo”
Como es de suponer, la claridad se defiende sola. Acá nos
interesan los discursos que carecen de ella; cómo se forman, porqué llegan a la
luz en estado tal, qué hay que hacer para evitarlos.
Es importante advertir desde un comienzo que no siempre
detrás de un discurso oscuro se esconde una intención a su vez oscura. Me viene
a la mente una afirmación de García Márquez en su famosa entrevista de Playboy
cuando declaraba acerca de su novela Cien
Años de Soledad que sólo lamentaba haberla escrito de tal manera que fuera muy fácil de leer. Se veía el texto complejo como parte de una construcción. La idea de
no escribir de manera elemental o diáfana no es un defecto en sí mismo; en la
década del 70 correspondía a la equiparación del libro o el texto con
la vida; una experiencia a resolver, no siempre obvia, capaz de llevar al
lector por parajes difíciles y regresarlo con un conocimiento que no tenía. El
texto era un reto, un crucigrama. Y un estilo llano
simplemente no se conmensuraba con ello. ¿Se cometía con ello la falacia que el
escritor Boswell llamaba la de los bueyes gordos: quien debe llevar de
cabestrillo la recua de bueyes gordos debe él mismo ser un hombre de peso?
La respuesta que demos a la pregunta anterior es para el debate. Lo que admite poco debate es que los motivos para no escribir con claridad se ramifican y
son variados, confundiéndose a menudo con la estrategia, el accidente hasta
llegar al puro y simple intento de ocultar algo. Y si bien casi nunca son
justificados, no se ha de suponer que detrás yacen intentos criminales.
Historia
El movimiento de Lenguaje Claro, a menudo llamado de
Lenguaje Llano, tiene una historia extensa que no la hemos inventado acá. Los
primeros intentos significativos se remontan a 1975 cuando el Citibank intentó
re-escribir sus formularios de préstamos para que fueran de fácil
comprensión por parte del público general. Casi al tiempo, el gobierno Jimmy Carter
en EU ordenó que “todas las regulaciones
más importantes fueran redactadas en un inglés llano y comprensible para todos”
(1978). Desde entonces, como señala Daniel Cassany, el movimiento no ha parado
de crecer, sobre todo en el mundo anglosajón en donde parece haberse fundido
con la misma institucionalidad que apoya[1].
No se trata sólo de poner en práctica una ética ciudadana
bajo la cual una escritura clara tiene que encajar con los derechos y
deberes de la ciudadanía. Lo que se ha demostrado con creces a lo largo de la
historia del movimiento es que la ausencia de un lenguaje claro cuesta millones
al Estado y por ende a la ciudadanía. El caso más dramático es el de tres
conductores de una compañía distribuidora de lácteos que en Portland, Maine,
demandaron al gobierno de la ciudad con base en la falta de una coma, cuya ausencia parecía
implicar que la norma vigente reconocía beneficios salariales a quienes distribuían bienes perecederos. La
ciudad tuvo que arreglar por 5 millones de dólares.[2]
“…lo que se ha demostrado con creces
a lo largo de la historia del movimiento es que la ausencia de un lenguaje
claro cuesta millones al Estado y por ende a la ciudadanía”
Pero el reclamo por una coma mal puesta no debe
interpretarse como la idea, ya obsoleta, de que Lenguaje Claro es una lucha
gramatical por hablar un lenguaje perfecto por el solo hecho de convertir la
lengua en un capítulo más de las buenas maneras y costumbres del
siglo XIX. Reconocemos que la corrección gramatical tiene sentido,
pero no por sí misma, sino por las consecuencias que de ella se puedan
originar. De hecho, en un sentido estricto, no existe una lengua lógica y gramaticalmente correcta; la realidad de una sistema de comunicación semejante es estar en constante
transformación.
Sin embargo, en América Latina aún es una novedad la idea
de claridad en el lenguaje. Encontramos en nuestro trabajo vestigios de viejas usanzas
coloniales en la redacción; excesivamente formales, concebidas para el
gobernante y no para el gobernado, cargadas de estructuras formularias que las
asemejan a los documentos que se enviaban a los reyes y regentes. Aún no nos
hemos liberado de ello. Lo hemos llamado en nuestra práctica “lenguaje profesionalizante”,
aquel caracterizado por la tendencia a insertar en el texto hablado o escrito,
palabras sacadas de su contento habitual, estructuras excesivamente
largas o complejas con el fin de hacer parecer el texto uno técnico, narrado
por manos expertas.
Uno de los escaños en donde la claridad u oscuridad de la escritura suenan con especial estridencia es en este: la relación entre los ciudadanos y los gobiernos. Se supuso por mucho que bastaba como obligación del sector oficial poner a disposición del público los documentos de injerencia ciudadana, por ejemplo en materia de control fiscal, de los conceptos económicos que regían los planes de desarrollo, de los preceptos jurídicos fundamentales que sustentaban la política y las decisiones de la justicia. Pero nada se hacía con el simple ejercicio; a menudo lo que se entregaba era ilegible. La labor no podía consistir en entrenar al público; es bien sabido que el tema de la ciudadanía no es uno de competencias. No se le puede exigir a un ciudadano que sepa entender los tecnicismos de la misma manera que no se le puede pedir al comprador de un electrodoméstico que sea experto en electrónica. No queda más remedio: las instrucciones a todo nivel deben ser claras y hechas para todos.
Uno de los escaños en donde la claridad u oscuridad de la escritura suenan con especial estridencia es en este: la relación entre los ciudadanos y los gobiernos. Se supuso por mucho que bastaba como obligación del sector oficial poner a disposición del público los documentos de injerencia ciudadana, por ejemplo en materia de control fiscal, de los conceptos económicos que regían los planes de desarrollo, de los preceptos jurídicos fundamentales que sustentaban la política y las decisiones de la justicia. Pero nada se hacía con el simple ejercicio; a menudo lo que se entregaba era ilegible. La labor no podía consistir en entrenar al público; es bien sabido que el tema de la ciudadanía no es uno de competencias. No se le puede exigir a un ciudadano que sepa entender los tecnicismos de la misma manera que no se le puede pedir al comprador de un electrodoméstico que sea experto en electrónica. No queda más remedio: las instrucciones a todo nivel deben ser claras y hechas para todos.
Comprensión
Nuestra investigación en Lenguaje Claro comenzó mucho
antes del proceso de paz en Colombia. Hace años era común que en la guerra que
se libraba en varias zonas del país, algunas de las partes ganaran territorios. La larga lucha había desacostumbrado a los combatientes al puro y
simple intercambio lingüístico, necesario para las tareas que se habían de
asumir. En varias ocasiones, asumimos el reto, independiente de la contienda y
el lado, de reconstruir el tejido social desde la enmendación del lenguaje. Los
propósitos entonces especificados tenían que ver con poder pensar estos siete objetivos comunicativos contra la violencia, que
seguimos concibiendo como los ejes sobre los que hay que estructurar una
propuesta de lenguaje en su función de reparación:
- La amenaza: cómo se da, cómo escala y cómo
bajarse de ella
- Evitar lenguajes repetitivos, montónicos
- En concordancia con el punto anterior, que importe
el interlocutor, no solo lo que yo quiero decir
- Precisión en lo que se dice o se escribe
- Respeto a las fuentes y a la verdad
- Responder lo que se pregunta y no otras cosas
- Usar el lenguaje como herramienta de comunicación
y no de simulación
“…la forma en que exponemos un tema y la forma que lo comprendemos
no tienen el mismo orden conceptual”
Por mi lado, el interés en el Lenguaje Claro comenzó observando los patrones de
comprensión y reconocimiento textual tanto en mi labor como docente como en mi
trabajo de escritor. A menudo veía tanto a estudiantes como a los principiantes en mis talleres regionales luchando con una idea en el papel o en el escenario. Al
igual que un aprendiz de dibujo o pintura, para el cual el pincel parece ir
llevando la mano hacia donde no se desea para que luego bautice la
pieza con lo que más se le asemeja, el que hablaba o escribía parecía ser llevado
por el proceso en el papel o frente al auditorio. El resultado siempre
terminaba en un punto impredecible y que no era el intencionado. Lo primero que
se percata el observador del tal proceso es que la forma en que exponemos un tema y
la forma que lo comprendemos no tienen el mismo orden conceptual.
Este punto es fundamental en nuestra concepción del
Lenguaje Claro. Implica que el escritor o el hablante deben ser entrenados con el fin de producir un texto que tiene un orden natural para el oyente, no tanto atendiendo al orden
en que ellos mismos lo interpretan o lo comprenden. Debe primar el orden
expositivo pensado para los demás. ¿Por qué nos resulta más natural el orden con el que
entendemos que el orden con el que exponemos? La pregunta es compleja, pero
siguiendo las ideas de Daniel Dennett diremos que la prevalencia de una voz
interior hace que primero nos expliquemos a nosotros mismos para luego poder
explicarle a los demás[3].
Esto quiere decir que es preciso hacer una reflexión explícita sobre el
lenguaje al enseñarle a un emisor a producir un texto que sea comprensible por
parte de otros. No hay una fórmula mágica, no hay una serie de recomendaciones
que aplicadas con rigor y a rajatabla solucionarán el problema de la claridad
de un texto. La sintaxis no basta para construir textos claros; la redacción pura y simple usando una serie de reglas o la consulta de
la gramática o el diccionario por pertinentes que sean de por sí no
solucionarán el problema. Como lo mostrará el mismo método (o métodos) que
hemos implementado en la práctica, no hay más camino en este empeño que
volver a aprender a hablar, con el receptor en mente; volver a aprender a
escribir con el lector como meta.
Observando a las personas que luchan por descifrar un
texto complicado, bien sea escrito o hablado, se aprende algo sobre la significación y como tal sobre
la claridad del discurso textual. En primer lugar, que la tesis de los años
ochenta sobre la significación dada por la filosofía del lenguaje y la Psicología
Gestáltica parece ser cierta: en el acto de significación no empareja uno una
palabra con una cosa, ni siquiera un hecho con una oración o una porción más
grande de texto. No hay una equivalencia semejante como había supuesto la
reflexión anterior[4]. En el
intento de comprender, el receptor pone en relación todo su conocimiento del
mundo, todo su marco referencial al decir de W.V.O. Quine, para descifrar
incluso el más pequeño fragmento con significado. Comprender es, como lo afirma
Douglas Hofstadter[5], quebrar
un código en el cual el todo de la red semántica enfrenta como un todo el
asunto a comprender. Se trata de un ejercicio -y me perdonan los lectores el
término técnico y poco amable- holístico, lo que quiere decir que el todo del
saber enfrenta el mundo en su intento por comprender.
Pero si
yo soy una persona práctica; ¿para qué todo esto?
Tal vez se considere ud. una persona práctica y no sabrá
para qué tantas ideas con el simple fin de aplicar unas cuantas reglas
gramaticales que la gente ha debido aprender en el colegio. Pero la adquisición de un Lenguaje Claro es
mucho más complejo que aplicar reglas gramaticales o refinar la escritura por
medio de la buena ortografía. La gramática en su simple aplicación no promete
hacer de un texto oscuro uno claro. La ortografía si bien esencial no es el meollo
de la claridad. Ninguna de las dos fue diseñada (o surgió en el proceso de
conformación de la lengua) para tal propósito. Los sueños de regresar a una
aplicación unilateral de las normas gramaticales, a la manera de los filólogos del siglo XIX, no puede
hacer más por el lenguaje que darle un brillo y refinamiento de tiempos
pasados, lo cual en ningún sentido es sinónimo de hacerlo más claro.
Algo poco percatado por quienes no tienen entrenamiento
en pedagogía es que el aprendizaje de cualquier habilidad, práctica o no,
implica la realización y perfeccionamiento de varias otras habilidades que en muchos
casos no son prácticas ni unívocas. Considere el aprender a escribir: el aprendiz debe
hacer simples grafías, garabatos, bucles que en sí mismos no sirven para nada.
Las relaciones entre las partes y el resultado, en pedagogía más que
en cualquier otro campo, a menudo son inconmensurables e impredecibles. Es especialmente cierto en el caso de la educación en Lenguaje Claro; la adquisición de varias habilidades implica
volver a tomar en cuenta y considerar usos que se creían dominados. No todas
las partes del proceso parecen necesarias, lo cual ha sido un reto cuando se le
enseña a adultos -sobre todo con altos cargos- a escribir con claridad. Aparte
del reto de desmoronar el orgullo, consistente en mostrar que uno a menudo debe
volver a aprender lo que cree que sabe hacer muy bien, viene el asunto de
justificar el dominio de fracciones inútiles del saber. El resultado suele ser
evidente sólo al final.
Qué es Lenguaje Claro
El Lenguaje Claro nace de esta serie de disposiciones
conductuales y lingüísticas que hemos venido mencionando. Partimos de la base, con
las ideas de la psicología conductual[6],
que fenómenos como la significación son una pauta de la conducta.
Para no incurrir a la vez nosotros en lenguajes que no sean de fácil
reconocimiento para el lector, diremos que saber algo es saber hacer algo, no
tener una serie de ideas en la cabeza.
Escribir y hablar claramente equivalen a poner a disposición del
escucha el material de tal manera que él pueda con base en su red semántica
(Douglas Hofstater) quebrar el código que se le ofrece. Para que él pueda hacer
esto, es necesario que como productores de un texto pongamos a disposición del
receptor los elementos necesarios para hacerlo. En el ejercicio de educar en Lenguaje
Claro, nos hemos topado a menudo con dos escollos que son las principales
dificultades a vencer. Por un lado, está la estructura
sintáctica de la frase, a menudo excesivamente compleja. En nuestros análisis encontramos
una y otra vez la construcción de frases que tendían a hacerse más largas e
incomprensibles a tal punto que la información del final de la oración no concordaba con lo que en ella misma se había planteado al comienzo. Esto, tomando el
concepto del ámbito argumentativo, lo llamamos “construcción anfibológica”, la
tendencia a volver una construcción –oración, párrafo, texto completo- más
compleja y desconectada del comienzo a medida en que se avanza en ella. La
anfibología tiende a volverse un vicio crítico a medida que el texto tiende
hacia el lenguaje profesionalizante señalado arriba.
El segundo vicio que encontramos como corruptor de la
claridad y por lo tanto de la comprensión, es la falta de un contexto compartido
entre el texto -su productor- y el lector. Si bien el primer problema señalado es sintáctico,
el segundo es semántico, es decir propio de la significación. Como tal, se
podrá pensar que poco puede hacerse para enmendarlo, pero en realidad la cura
es bien conocida. De nuevo se encuentra en el texto mismo. El productor del
texto debe ofrecer y especificar ese contexto compartido en el mismo escrito o
emisión hablada, crearlo y nunca presuponerlo, como lo hacen los textos
técnicos a menudo enorgulleciéndose de ello.
“Escribir y hablar claramente equivalen a poner a disposición del
escucha el material de tal manera que él pueda con base en su red semántica quebrar
el código que se le ofrece.”
La necesidad de encriptar un mensaje, un contenido, como
hablante o escritor para luego hacer que el receptor rompa el código no sólo no
es un capricho, es la única manera que tenemos de comunicarnos, a menos que
alguien defienda significativamente la telepatía como medio efectivo de
transmisión de información y emociones. Pero no sólo es un hecho de la
comunicación; sin el proceso de encriptación, ruptura e interpretación, no se
crearía un significado nuevo en el oyente. En efecto, comunicarse es crear un significado propio con base en la información que me envía un
emisor. El que los dos significados tengan convergencias es uno de los
fenómenos emergentes de la significación más estudiados por la filosofía y el pensamiento desde sus inicios.
Y de
todo esto, ¿qué sale?
Si acaso no se nos permite afirmar que la claridad es una
meta en sí misma, diremos que la finalidad del Lenguaje Claro es la construcción
de un entorno en el que podamos entender y descifrar por nosotros mismos la
información que se nos ofrece. Como cualquier otro entorno producido por el cerebro -al fin y al cabo un órgano físico-, se trata de un recurso natural, expuesto a la corrupción y a la alteración. Como lo hemos mencionado más arriba, el tema en
relación con los gobiernos y las acciones de los individuos es especialmente
dramático porque ha estado salpicado por la incomprensión, la poca voluntad
manifiesta de poner a disposición del público ideas que circulan a nivel
oficial y el distanciamiento creciente entre los lenguajes técnicos y los lenguajes
naturales.
En poco, la meta del Lenguaje Claro es la comprensión y específicamente
la construcción de textos y actos de habla legibles y comprensibles. Hay varios
caminos a recorrer, todos ellos con sus retos y dificultades implícitos: educar
a los productores textuales para escribir con un orden que sea natural no a su propio
oído sino al del lector o escucha, mejorar las competencias de los mismos receptores,
aprender a introducir niveles de significación en los textos para que el
receptor los pueda elaborar por capas, aprender a introducir referentes
visuales adecuados en el discurso hablado de tal manera que las imágenes apoyen
lo dicho y lo oscurezcan. En todos y en
cada uno de estos campos el esfuerzo no se hace una sola vez y para siempre,
sino que debe formar parte de un cuidado que hemos de incorporar en nuestras
costumbres lingüísticas.
Referencias
Ayer, A.J. (Ed.) (1986) El positivismo lógico. México: F.C.E.
Cassany, Daniel (1993)
La Cocina de la escritura. Barcelona: Anagrama
Dennett, Daniel (2017) From Bacteria to Bach. Penguin
Hofstadter, Douglas R. (1979)
Godel, Escher, Bach. Basic Books
Quine, W.V.O. (1973) The Roots of Reference. La Salle , Ill.: Open Court.
Skinner, B.F. (1975) La Conducta
de los organismos. Barcelona: Fontanella
*Una de nuestras investigaciones de campo podrá
consultarse en la siguiente página web:


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